Victimae paschali


Victimae paschali laudes
inmolent Christiani.

Agnus redemit oves:
Christus innocens Patri
reconciliavit pecatores.

Mors et vita duello
conflixere mirando:
dux vitae mortuus,
regnat vivus.

Dic nobis Maria,
quid vidisti in via?
Sepulcrum Christi viventis,
et gloriam vidi resurgentis,
angelicos testes, sudarium et vestes

Surrexit Christus spes mea;
precedet suos in Galileam. 

Scimus Christum
surrexisse
a mortuis vere.

Tu nobis victor Rex, miserere.

Amen.
Alleluia.



A la Víctima pascual
ofrezcan alabanzas los cristianos.

El Cordero redimió a las ovejas:
Cristo inocente
reconcilió a los pecadores con el Padre.

La muerte y la Vida se enfrentaron
en lucha singular.
El dueño de la Vida, que había muerto,
reina vivo.

Dinos, María,
qué has visto en el camino?
Vi el sepulcro de Cristo viviente
y la gloria del que resucitó,
a unos ángeles, el sudario y los vestidos.

Resucitó Cristo, mi esperanza;
precederá en Galilea a los suyos.

Sabemos que Cristo
verdaderamente resucitó
de entre los muertos.

Tú, Rey victorioso, ten piedad

Amen,
Aleluya.

Recuerda que eres polvo y al polvo volverás


Con estas palabras comienza el pueblo de Dios el tiempo de Cuaresma. Si bien el cristiano ha de vivir en la presencia de Dios durante todo el año, estas semanas se convierten en un tiempo de mayor recogimiento, donde todo bautizado ha de volver el rostro a las realidades eternas.
Con el ayuno se da primacía a lo trascendente, el católico ayuna para asociarse a Jesucristo cuando se retiró durante cuarenta días al desierto; ayuna para fortalecer el espíritu frente al cuerpo; ayuna para recordar que todo le viene de Dios, empezando por su propio ser, y algún día volverá a Él; ayuna como penitencia por los propios pecados.

Mucho se nos ha dado por parte de Dios, y mucho se nos va a pedir cuando volvamos a Él. Somos un pueblo elegido, una raza escogida, conocemos al único Dios verdadero; reconocimos a Jesucristo, su Hijo unigénito, el enviado del Padre; somos alimentados cada día por la Iglesia, esposa de Cristo; recibimos todas las gracias por manos de la mejor de las madres: la Santísima Virgen, administradora de la gracia.
¿Qué haremos para corresponder a tanto como se nos da?
AYUNO: como nos indica nuestro Hermano Jesucristo “cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre”.
LIMOSNA: en la manera en que Jesús nos enseña “cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará”
ORACIÓN: tenemos que buscar momentos de soledad, sin desatender las obligaciones familiares, dice Jesús: “cuando vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido”.

Esto es lo que hemos de hacer: amar en verdad e intensamente a Dios, nuestro Padre.
Así, con esta sencillez, es como hay que vivir la Cuaresma. Quien pone por encima de las realidades terrenas a su Padre Dios y los asuntos de su Padre Dios, está amando en verdad, está siendo consciente de que el mundo interior de la persona tiene mucho más valor que todo lo exterior, que las obras más grandes son las que menos se ven. El mundo en el que se mueve nuestro Padre Dios es como un mundo bajo el mar donde Él se sumerge a gusto y goza con las obras buenas de sus buenos hijos, mientras que las personas que nos rodean sólo verán la superficie del agua. Quien vive así, con la mirada puesta en su Padre Dios, está teniendo plena conciencia de que no es más que un puñado de polvo y al polvo volverá.

Este tiempo, el tiempo de la vida terrena, se nos da sólo para alcanzar a Dios o perderlo, para amarlo o rechazarlo. No hay camino de en medio. No lo hay.
La existencia más real es aquella que no ven nuestros ojos de carne y sino nuestros ojos del alma. ¡Qué difícil es hacer entender esto a la sociedad actual!. Si en el nivel social vale más aquello que ofrece más garantías de calidad y duración, pasémoslo al nivel de la gracia: será un necio el que cambie un plato de comida por una eternidad de manjares magníficos, o quien cambie un poco de dinero por las infinitas riquezas del Paraíso, o quien prefiera conversar con su propia imagen en un espejo antes que tratar con el mejor de los amigos.

La vida naciente

La creación de Dios: el universo, la tierra, la naturaleza, los seres vivos, el hombre…, creación magnífica en todos sus aspectos, fuente de inspiración y contemplación, se desborda cuando nos detenemos ante una vida naciente.
Parece que toda la ternura, la misericordia y el poder de Dios se concentran en lo más pequeño e indefenso: en la criatura que se estrena ante la vida y para la que todo es nuevo y novedoso.
El germen de una nueva existencia partícipe del que Es, comienza a caminar en el paso breve y amplio del tiempo.

Dios Padre, bondad infinita, creador de los cielos y de la tierra, elige de entre todo el cosmos aquello que no cuenta para anular a lo que cuenta. Se somete a sí mismo a la voluntad de una joven doncellita pequeña y sublime para, con su consentimiento, tomar carne y hacerse pequeño.
Y así nuestro Padre Dios nos enseña que la realidad de este mundo está distorsionada, que lo que el mundo llama grande, en realidad es pequeño e insignificante y lo que el mundo llama pequeño y nada, es en verdad grande, magnífico y hermoso.
Jesús, Hombre y Dios verdadero, ya comienza a enseñarnos desde el seno de la Virgen María qué grande es la criatura engendrada desde el vientre de su madre.

La defensa de la vida naciente es una obligación ineludible de todos los hijos de Dios. Quien no ampare a una madre que lleva en sí una vida en germen es un criminal y un asesino peor que Caín y más nulo que el primer Adán. Y una mujer que arranca de sí una vida que comienza es muchísimo peor que Eva, esta introdujo la muerte en el mundo y aquella la introduce en su propio cuerpo.
Hemos de hacer todo lo posible por defender la vida, por amparar a los más indefensos. Tenemos la obligación de manifestar públicamente la verdad de estas realidades, no podemos consentir que lo que es malo se le tenga por bueno. No podemos dejar que tantas mujeres se engañen a sí mismas y egoístamente pongan su vida por encima de la de los indefensos.

Roguemos sin descanso a Dios Padre y a María Santísima para que la vida sea protegida, para que se abran los ojos de los que legislan y gobiernan y dejen de llamar libertad y derecho a lo que es un crimen abominable. También los terroristas matan por alcanzar una libertad política y territorial ¿de qué lado hay que analizar las cosas? ¿de qué lado está la ley y el derecho? ¿del lado de la víctima o del criminal? ¿de la verdad? ¿cómo es posible que se pida justicia ante un niño al que se le arrebata la inocencia y no se defiende al que se le arrebata la vida?

Qué ciego está el mundo cuando falta la luz de la Fe, qué torpe y ruín cuando quiere hacer una ley al margen de la Ley de Dios, qué frío y gris es un mundo que vive en un Estado sin Dios.
Que el arma poderosa del Santo Rosario sea nuestro instrumento de lucha contra la injusticia. La Virgen Santísima, Omnipotencia suplicante, alcanzará del Cielo la luz necesaria para que las conciencias y las naciones erradiquen de una vez la peste terrible del aborto.
Recemos el Rosario por los no nacidos, por sus madres y por cuantos hayan participado en este terrible crimen.


Adorad sólo a Dios


Sólo a Dios es a quien adoran los ángeles, sólo es a Él a quien dan culto. También ellos pasaron la prueba de la libertad y lo eligieron a Él.
Cuando se termine esta vida y entremos en la Eternidad, veremos la cantidad de energías que hemos malgastado en cosas tan absurdas como tener más que otros, el ser más que otros, el estar por encima de los otros... cuanto tiempo perdido en el vacío, irrecuperable, malgastado, adorándose cada uno a sí mismo.
Quien ponga su adoración en las criaturas o en sí mismo, habrá hecho su peor negocio, mientras que nadie quedará defraudado de haber adorado a Dios.
Gastar la vida en la adoración a Dios es como si, habiendo recibido de Él un lápiz y unas hojas en blanco, los utilizáramos en escribir magníficas obras de literatura; es como si nos hubiera dado un poco de tierra y sólo un pequeño apero de labranza y los usáramos para producir las cosechas más variadas y abundantes. La materia, que de por sí es pobre, transformada por la voluntad del hombre, se convierte en trascendente.
Eso es adorar a Dios: levantar un edificio con piedras, ornamentarlo con maderas y pintarlas, adornarlo todo con flores, quemar incienso y velas, ataviarse con lo mejor y más digno que se tenga, cantarle como lo hacen los ángeles, rezarle como le rezan los santos, alabarle como lo alaba la Iglesia y mirarle como lo mira su Madre.
Adorar a Dios es amarle.

No adoréis a nadie más que a Él

            Poner los ojos en las criaturas, es poner los ojos en el tiempo, en lo caduco; y mirar a Dios es poner los ojos en la eternidad. Poner los ojos en Dios es darle el corazón. Y quien ponga la mirada en Dios poniendo en Él el corazón, recibirá la mirada de Dios recibiendo de Él su Corazón. Sólo Dios merece ser mirado con las miradas más tiernas de nuestro corazón y adorado con el culto más perfecto de todo nuestro ser de hombres y mujeres.

No pongáis los ojos en nadie más que en Él

Sólo Dios puede sostenernos hasta el extremo de sufrir las mayores contrariedades, la vida es ciertamente un valle de lágrimas y lo es para todo el mundo, nadie pasará por esta vida sin ellas, pero es distinto llorar en soledad, apoyados en las criaturas o llorar reclinando la cabeza en el Corazón de Dios.

Sólo Él os puede sostener

La libertad que sólo Dios puede dar es la única y verdadera libertad que corta amarras con el mundo, el demonio y la carne. Para ser libre hay que mirar sólo a Dios, hay que dar el corazón sólo a Dios.
Sólo Dios hace libre a quien sólo a Dios adora.

Sólo Él os da la libertad

Corren tiempos recios, hacen falta amigos fuertes


El Maligno entró en todas las realidades sociales, y ahora son muchos los que encuentran gusto en el mal, en la fealdad.
Como serpiente se fue filtrando entre las rendijas del estandarte de la hermosura del mundo humano: el arte y la cultura en todas sus dimensiones.

La música, que siempre fue armoniosa, suave, fuerte y delicada, se convirtió en un terremoto de ruido, y lo que era -y sigue siendo- horrible, ahora lo llaman “música”.

El arte que llenó museos con obras de indescriptible belleza que hacían gustar de la suavidad de los colores, la calidez del hogar, el Amor Creador en hermosos paisajes que elevaban el alma hacia el Paraíso; fue convertido en un barrunto de escombros que ahora llaman esculturas, en ocurrencias” que pusieron al descubierto lo más bajo de ser hombre o mujer y que quieren llamar lenguaje artístico.

Ciertamente que el arte es lenguaje, sí, el más alto grado de comunicación, donde el alma puede expresar lo que las palabras no alcanzan cuando lo que se quiere expresar es lo hermoso y maravilloso de la Creación, del amor de Dios.

Durante los últimos años hemos estado viendo con tristeza y amargura, cómo las universidades y los centros culturales de España y del mundo, son copados por "artistas" que a través de un tipo de actuaciones (rituales) únicamente exaltan lo feo, lo abominable, enseñando con ello a gustar el mal. Llaman arte a lo que son verdaderos ritos blasfemos. Adoran a Satanás.

Si la hermosura eleva al alma hacia Dios y hace que tienda a gustar el bien y buscarlo, la fealdad hunde al alma en el abismo de las miserias y haciendo de la fealdad una costumbre, el ser humano llega a gustar el mal y buscarlo.

No hay ignorancia religiosa en el mundo del arte actual, contemporáneo, modernista o postmodernista. Por parte de cierta clase de artistas hay una perfecta conciencia de lo que hacen, conocen perfectamente el camino que están recorriendo, y saben donde terminará ese camino. Libremente han optado por lo grotesco (aunque ellos lo llamen solidaridad, denuncia, la búsqueda de lo sublime).

La historia  de la humanidad está dividida en una lucha constante, y esto ocurre desde que el mundo es mundo: el mal contra el bien, la maldad contra la bondad. Sociedades muy revueltas donde se busca y se provoca el enfrentamiento social de hermanos contra hermanos de una misma patria, son carne de cañón para la extensión del reino de Satanás, un reino al que sólo le queda el tiempo y el espacio de este mundo actual.

Son sus últimos tiempos y parece desencadenarse con toda su furia contra Aquella que lo derrotará definitivamente cuando concluya este tiempo: la Virgen María su mayor conquistadora de almas; la Iglesia, esposa mística de Jesucristo y dispensadora de la vida de la gracia; y toda persona que rechaza el pecado y gusta del bien, lo desea, lo busca, lo encuentra, lo defiende y lo transmite. 

Corren tiempos recios, también hoy la Iglesia de Jesucristo necesita amigos fuertes, amigos fieles que no se arredren ante las dificultades que amenazan tormenta. Necesita hijos que la defiendan contra los fuertes embates del mundo. 

La Virgen Santísima, San Miguel y todos los Ángeles y Santos de Dios, intercedan por nosotros en esta hora.


El coraje de creer


La Fe siempre es una osadía que en último caso llega a desafiar la racionalidad del ser humano. Jesucristo muestra el alcance inaudito de la Fe: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a ese monte: ‘vete de aquí para allá’ y se iría, y nada os sería imposible” (Mt 17,20).
Sólo quien llega a practicar la virtud de la Fe positiva y conscientemente, tiene capacidad para comprender la libertad que proporciona la grandeza de creer.

Creer es el último paso que da el hombre material al encontrarse con Dios y es a su vez el primer paso que da el hombre espiritual en el comienzo de su ascenso en el camino hacia Dios. Una vez que este paso está dado todo adquiere un nuevo sentido, todo tiene nuevos significados porque la vida se observa desde el prisma de la trascendencia.
Para el hombre y la mujer espiritual, todo, absolutamente todo, tiene un valor y sentido distintos, así podemos leer en Sta. Teresa del Niño Jesús que puede hacer más ella por el mundo recogiendo un alfiler del suelo que muchos grandes de la tierra en sus reuniones.
El dolor para el hombre sin Fe es una desgracia, mientras que para el que tiene Fe es una fortuna.
La oración para el incrédulo es una estupidez, para el que cree es una obligación.
Dios para el hombre natural es una incógnita, para el sobrenatural es una certeza.

Cuando Pedro comienza a caminar sobre el agua, apoyado en las palabras de Jesús: “ven”, representa a todos los que comienzan a caminar por la senda atrevida de la Fe. Quien se asienta en la Fe desafía las leyes de la razón: para el racional es absurdo intentar caminar sobre el agua y para el creyente es una realidad: Pedro, el rudo pescador de Galilea, caminó sobre el agua a la voz de Jesús ”ven”.

En este camino de la Fe sólo hay un inconveniente que haga caer a quien comenzó su andadura sobre él: volver a creer más en la fuerza de las realidades terrenas que en la de las trascendentes. Lo mismo que Pedro comenzó a hundirse tras empezar a caminar hay quienes en su camino de Fe también comienzan a tener miedo, estos miedos se presentan de mil maneras, cada persona tiene uno a su medida esperándole y es proporcional a la intensidad de su Fe.

No deja de ser sorprendente la duda en quien comenzó tan radicalmente, tan valientemente, su camino hacia Jesús que decía “ven”, desafiando entonces las leyes racionales al atreverse a caminar sobre el agua de la Fe.
Cuando el miedo hace acto de presencia, éste ciega la visión trascendente y ofusca los oídos del alma para impedir escuchar aquella voz de Jesús “ven”; entonces la situación es terrible, porque la persona siente escapar su cuerpo entre el agua y las leyes racionales en ese momento no sólo son inútiles, sino que son causa de mayor angustia.
Antes de socorrer a quien sufre de tal modo, quiere Dios una súplica de confianza: “Señor, sálvame” y en seguida levanta a esa pobre alma con la fuerza de su brazo; para un racional sería admirable la Fe de aquel que pudo dar sus primeros pasos sobre el agua, sin embargo Dios mismo lo reprende: “¡hombre de poca fe!” y preguntando “¿por qué has dudado?” quiere que el propio hombre se examine acerca de su poca fe, pues Él, que conocía perfectamente los corazones, sabía la respuesta a esta pregunta.
Dios quiere que nos demos cuenta de que dudar para quien camina sobre las aguas de la Fe es como echar mano del arado y mirar atrás.

CREER en una situación personal tranquila o una situación social próspera es relativamente sencillo, pero mantenerse firmes en la Fe en una situación personal adversa o con una situación social hostil a lo católico exige de quien realiza el acto de Fe, un heroico coraje llamado generalmente martirio.
“Al sentir la fuerza del viento” el hombre y la mujer de Fe se levantan como columnas sobre el agua y caminan erguidos al haber oído la voz de Jesús que un día los llamó “ven”.


El Padre nos dio al Hijo




Pronto celebraremos la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. La muerte de Jesucristo en la cruz es estremecedora para el corazón.

Es estremecedor oír la frase de Jesús en el huerto: “Padre, si es posible, aleja de mí este cáliz”, sobre todo cuando horas antes había dicho a sus discípulos “ardientemente he deseado comer esta pascua con vosotros antes de padecer”, la humanidad se derrumbaba ante el sufrimiento y luchaba contra sí misma: “pero no se haga mi voluntad”. Sabemos por la voz de la Iglesia, que Jesucristo sufrió una inmensa soledad en aquel huerto y rogó al único que podía librarlo de la muerte terrible de cruz.

Hoy quisiera que nos detuviéramos en la soledad, no menor, del Padre. El silencio del Padre es tan elocuente como las palabras del Hijo. El Padre, de corazón tan tierno como para procurar el alimento a las avecillas, para vestir de hermosura los lirios del campo, para correr a abrazarse con el hijo que le abandonó en otro tiempo y arrepentido vuelve a casa, renuncia ahora a que el Hijo perciba su compañía.


Estamos ante un Padre que conocía perfectamente a su Hijo. Era el Hijo único, su humanidad perfecta era la alegría del Padre, su obediencia fiel era el consuelo del Padre, su alma nobilísima era jardín de delicias donde la divinidad se podía recrear. Era el Hijo que nunca contristó al Padre, el Hijo del hombre que quiso al Padre con todas sus fuerzas, su alma, su mente y su corazón. Era hombre perfecto con corazón purísimo, con rectitud de intención intachable, con una vida entregada ya desde su encarnación para cumplir en todo la voluntad del Padre “aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”. Ese Hijo, que además de ser Dios era hombre, fue el predilecto del Padre, el “Hijo muy amado” del Padre; es el hijo que alegró su corazón: “Tú eres mi hijo amado; en ti me complazco” y precisamente ese Hijo sentiría en su alma la ausencia de ese Padre que tanto le amaba. El Padre y el Hijo antepusieron la Obra de la Redención a sus propias Personas.

El Hijo realizando la oración litúrgica, llora la ausencia del Padre “Padre, por qué me has abandonado?” y el Padre renuncia a gozar de la compañía del Hijo. El Hijo sufre dolores indecibles en su cuerpo y en su alma y ese Padre renuncia a aliviar los dolores de su amado Hijo. El Hijo está agotado hasta el extremo de sus fuerzas y el Padre renuncia a ser descanso para el alma de su Hijo. El Hijo sufre un abatimiento supremo y el Padre renuncia a alentar a su propio Hijo en la última hora de su agonía, el Hijo está en el momento más duro de su vida en la tierra y ese Padre con corazón infinitamente tierno renuncia a consolar al Hijo. Y todo ello desde la infinita e inmensa soledad de su ser Dios, dilatando misteriosamente también su propia gloria. Dios rasgó su Corazón de Padre mientras el Corazón del Hijo era atravesado por la lanza.


El Hijo que se entrega voluntariamente es entregado por el Padre voluntariamente. Ninguno de los dos se guarda para sí ni para el otro, ambos se dan por cada uno de nosotros, siguiendo únicamente un objetivo: la Obra Redentora. Podríamos decir que, de algún modo, de manera misteriosa Dios Padre e Hijo renuncian a sí mismos para poder entregarnos al Espíritu. De esta manera el hombre penetró en la entraña de la Trinidad en el mismo momento en que Jesucristo moría en la cruz. Allí, cuando se abrió el Corazón de Dios, se derramaron la Divinidad y la Santidad sobre la humanidad, para que esta humanidad fuera santificada por la divinidad. 

Estamos ante un misterio: las Tres Personas Divinas se entregan al hombre por puro amor y la primera criatura no divina en recibir ese amor y entrar en la Trinidad, es la Santísima Virgen María. 
Roguemos a Ella que nos introduzca en el Corazón de la Trinidad cada vez que participemos en la Santa Misa: el mismísimo Calvario está ante nuestros ojos. Es el Corazón de la Trinidad el que se abre para que entremos, es el amor de Dios Uno y Trino entregado y derramado por nosotros.